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Reflexiones sobre el Día del periodista en Colombia

Actualizado: mar 29

William Javier Gómez


Dentro de las tareas más nobles que puedan encontrarse en las sociedades de ayer y de hoy aparece, sin duda alguna, la del ejercicio periodístico y, con ello, el trabajo de centenares de hombres y mujeres que en el mundo a través de la información y la opinión propenden a diario por enseñar todo aquello que merezca la luz pública, así esa condición no deba únicamente quedar sujeta a criterios, intereses y caprichos de las salas de redacción, directores y dueños de medios.




Aunque los orígenes del periodismo se pueden encontrar en los pueblos antiguos que a través de bloques de madera, pergaminos y papiros dejaban huellas de sus manifestaciones político-culturales, en el caso de la China del siglo VI o el antiguo Imperio Romano, para citar apenas un par de referencias, la invención de la imprenta a cargo del alemán Hans Gensfleich Von Guttemberg por allá en 1450 fue una creación definitiva para el desarrollo posterior de dicha actividad.


Cómo no recordar lo que algunos expertos han dado en llamar la explosión de periódicos y otros escritos, bueno parte de ellos elaborados en la clandestinidad, en 1789, que alimentaron la célebre revolución francesa y que dentro de la historia dan cuenta de la importancia de la libertad de pensamiento y expresión, como antecedentes de la hoy proclamada libertad de prensa.


Para el caso colombiano aunque los antecedentes datan de 1785, se considera el 9 de febrero de 1791 como fecha fundamental por la aparición del primer número del Papel Periódico de la Ciudad de Santa Fe de Bogotá, dirigido por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez. Esto ocurrió buen tiempo después que se publicara el primer periódico impreso en el mundo llamado Nurenberg Zeitung cuando transcurría el año de 1457 en Alemania.


Los desafíos del periodismo


Los investigadores dan cuenta de esa rica historia del periodismo, pero vale la pena detenerse ahora en el impacto que viene teniendo en nuestras comunidades a través de los medios de comunicación tradicionales y alternativos, en las grandes y pequeñas empresas que hacen parte de la conocida industria de la información, que aunque tiene un montón de cosas buenas tal vez albergue como pecado mayor haber convertido a la información, precisamente, como simple mercancía en distintos casos y escenarios. Claro, nada puede ser perfecto, pero siempre deberá trabajarse con miras a lograr dicho estado.


No es la intención entrar en discusiones sobre si el periodismo es un cuarto poder, término acuñado cuando la revolución industrial, o si se trata mejor de un contra-poder, como personalmente lo analizo, porque así corre un riesgo menor de quedar sometido a las otras fuerzas existentes.


El periodismo es, por encima de todo, servicio, no servil, que es diferente. Por ello, el papel que deben asumir los periodistas dentro de cualquier sociedad es de la mayor significación por cuanto cada palabra que plasman, cada frase que construyen, cada discurso que elaboran, terminan convertidos en herramientas poderosas, ésas sí, no para los medios sino para la sociedad como tal, que merece saber de buena forma cómo marcha su entorno y el mundo.


De aspectos como los anteriores depende en alguna parte la formación de ciudadanos y, con éstos, de opiniones públicas que necesitan tomar decisiones a diario sobre el presente y futuro de las comunidades que integran, a partir de la recepción de informaciones claras, veraces, rigurosas y oportunas, atravesadas todas estas características por el imprescindible componente ético.


A los periodistas no se les puede pedir que sean objetivos, por cuanto la objetividad en el periodismo no existe, tema que discutiremos en otro momento. Lo que se les debe reclamar de manera constante es el afán y la disciplina por acercarse lo más que puedan a la verdad de las historias que cuentan; por entender que la realidad no tiene parte y contraparte, sino partes y contrapartes; es decir, que hay diferentes realidades y formas de acercarse y entender el mundo, entre ellas las suyas; que la información es un servicio público y no un producto o mercancía para feriar e intercambiar por distintos privilegios.


Los periodistas, apartándonos de cualquier concepción normativa, son servidores públicos que tienen como fundamento el desarrollar un trabajo en beneficio de la sociedad, no de sus patronos laborales, de sus propias empresas de comunicación o de los gobernantes de turno, porque entonces la nobleza del arte, oficio y profesión, según se le quiera entender, queda desvirtuada y sesgada.


El periodismo es arte por cuanto a través de la palabra se puede ayudar a transformar con creatividad aquello para lo cual valga la pena atreverse, de ahí que la pretensión no sea el disponer de talento para redactar sino de capacidad para escribir, dibujar y plasmar textos que generen sensibilidad y ganas de cambiar el mundo.


El periodismo es oficio porque así nos lo han enseñado grandes maestros quienes convertidos en verdaderos autodidactas han demostrado que lo público debe estar por encima de todo, y que el bien común no es un un sueño sino una meta por alcanzar cada día, tarea en que los medios de comunicación pueden aportar mucho.


El periodismo es profesión porque cada día la sociedad tiene mayores exigencias y merece que los periodistas no sólo nazcan con esa virtud y compromiso, sino se hagan y se capaciten de manera permanente, con mayor razón ahora que los lenguajes multimediales se han apoderado de buena parte de las relaciones sociales, y que hemos pasado de vivir en pequeñas aldeas a medianas o grandes moles de cemento donde hasta conocer el nombre del vecino de residencia se ha convertido en dificultad. De ahí que la formación académica no deba considerarse como alternativa sino necesaria en el mundo actual.


En el día tradicional del periodista colombiano, que tuvo su vigencia normativa hasta la caída de la ley 51 de 1975 al ser declarada inconstitucional, vale la pena destacar el trabajo de los comunicadores que gozan de amplio reconocimiento a nivel nacional y prestan sus servicios a los grandes medios pero, por encima de todos ellos, a aquellos periodistas de ciudades y pueblos que con bajo perfil y casi en el anonimato cumplen un trabajo tan grande, por lo serio y honesto, demostrando a diario que el periodismo no es cuestión cosmética o de chisme, sino un arte, oficio y profesión que, sin mezquindades, ayuda a hacer posible las utopías que nos propongamos como sociedad.


Feliz día a todos los colegas, incluyendo a aquellos que han partido a la eternidad luego de haber dejado huella en muchos de nosotros. También, para no ser excluyentes, a quienes se han convertido en negociantes de la información y la opinión, porque gracias a sus reprochables actuaciones hemos aprendido lo que no debe ser el periodismo.




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