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Invisibles que salvan, invisibles que reclaman

Nota: El CPC, por considerarlo un texto de la mayor pertinencia, reproduce la columna de la periodista Yolanda Ruíz, publicada en el diario El Espectador el pasado 26 de marzo, a propósito de la emergencia sanitaria ocasionada por el COVID-19.


Invisibles que salvan, invisibles que reclaman

Yolanda Ruiz


De repente todo cambia y el mundo se nos pone patas arriba. Lo que dábamos por cierto ya no lo es, las categorías que conocemos no nos sirven para entender, la incertidumbre nos atrapa. Como siempre prefiero creer en la humanidad, intuyo que esto nos debe transformar para bien. Por fin algo real nos muestra lo que han dicho muchos filósofos, humanistas y líderes religiosos a lo largo de la historia: de la existencia del otro depende mi propia existencia. Lo curioso es que nos toque aislarnos para entenderlo, para verlo, para sentirlo, aunque siempre haya sido así. Hoy notamos las ausencias, hoy nos faltan los abrazos, hoy no nos importan las peleas de políticos ni de influencers, hoy nos salvan los que producen la comida, los que cuidan la salud, los que llegan a nuestra puerta con la medicina que necesitamos, los que ven lo que pasa en la calle para contarnos, los que desinfectan, los que nos transportan, los invisibles de siempre, esos son los que nos sostienen con vida.


Es entonces cuando vemos lo que siempre estuvo allí: lo que vale, lo que importa. Es también cuando se ponen en evidencia nuestras falencias sociales, nuestras vulnerabilidades y notamos que ese esquema de inequidades en el que vivimos como si fuera normal es insostenible. Porque la pandemia es imposible de lidiar sin un ingreso básico, sin la seguridad de una comida. Porque los ancianos solitarios que se mal ganan la vida vendiendo helados o lotería no pueden salir, no tienen a quién vender y los mandan al encierro sin esperanza. Es la realidad de los migrantes, de los ambulantes, de los informales, de los sin techo, de las prostitutas, de los trabajadores a destajo, de los que se ganan el día como va viniendo, de los que no tienen ahorros, ni empleo ni subsidio. Y esos miles que han logrado sobrevivir ocultos en la maraña de las ciudades de pronto salen masivamente y son otros invisibles que se hacen reales en medio de una pandemia que nos asusta a todos. Ellos reclaman porque el hambre también mata.


Quiero creer que saliendo de esto lo vamos a entender. Quiero soñar con una humanidad que escuche, vea y sienta que nuestro destino es colectivo. Me permito soñar porque en las tragedias afloran la grandeza, la solidaridad, la compasión. Es cuando muchos aprenden a verse en ese otro y tienden la mano, ven más allá de su egoísmo porque se entiende que de una pandemia nadie sale solo, no importa quién sea o lo que tenga. Aquí no se vale decirle al virus: “¿usted no sabe quién soy yo?”.


Es claro que también asoman por los rincones las pequeñas o grandes mezquindades que saltan desde los mensajes de odio que todavía circulan en las redes, hasta la de ese que quiere pescar en el río revuelto de la miseria colectiva y dispara precios, o el que hace negocios turbios y piensa en cómo sacar partido de la tragedia de otro para ganarse lo suyo cuando las aguas se calmen. También el instinto de supervivencia juega malas pasadas porque nos lleva a acumular y no vemos que, en una pandemia, si no pensamos en el otro, no podemos cuidarnos. El desinfectante que sobra en tu armario y que le hizo falta al vecino porque tú desocupaste la tienda es lo que te puede contagiar porque, si no lo cuidas a él, no te cuidas. Si tu vecino se infecta, estás en riesgo. Necesitamos una pandemia para entenderlo.


Necesitamos una pandemia para detener el vértigo de un planeta que se autodestruye y que tiene por fin un respiro en medio de los muertos, los enfermos y el pánico colectivo. Nos detenemos y al final es volver a lo básico, a la esencia, a lo simple. Al final es la vida, el afecto, la salud lo que cuenta. Y mucho de eso que nos hemos inventado para complicarlo todo pierde sentido cuando de sobrevivir se trata. Prefiero creer que, cuando se abran las puertas y volvamos al mundo, entenderemos la lección y seremos mejores.

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